Carlo Frabetti
El 12 de septiembre de 2001 se puso
en marcha, a escala mundial, una maquinaria de guerra y represión sin
precedentes. (El 11 no ocurrió nada extraordinario: todas las semanas se
estrella algún avión, todas las semanas se cae algún edificio y todas las
semanas, sólo en Iraq, morían unas tres mil personas víctimas del terrorismo
imperialista; el 12-S es la fecha clave: el día en que la plutocracia
estadounidense, por boca de Bush, declaró abiertamente la guerra a los pueblos
del mundo.) En los países supuestamente democráticos, donde en teoría hay
libertad de expresión, la represión utiliza nuevos y elaborados métodos (aunque
sin renunciar del todo a los más antiguos y burdos). Teóricamente, no hay
censura: uno puede decir lo que quiera. El problema es dónde.
Antes (del
12-S) yo, por ejemplo, podía publicar mis ocasionales artículos en varios de los
principales diarios del país. No recuerdo que me rechazaran ninguno en los
últimos veinte años.
Después del 12-S, sólo puedo publicarlos en Gara.
Periódicos que antes se mostraban complacidos de publicar mis artículos e
incluso me los pedían expresamente, ahora no publican siquiera mis textos sobre
matemáticas o literatura (por supuesto, hace meses que no mando nada a ningún
gran periódico, y no sólo porque sé que es inútil, sino porque, dada su rápida
deriva reaccionaria, en estos momentos me avergonzaría de aparecer en sus
páginas). La "libertad de expresión", cuando los grandes medios están en manos
de un Gobierno de extrema derecha o de gángsters que, por ejemplo, apoyan a los
golpistas venezolanos en función de los más viles intereses económicos, es pura
entelequia.
Pero el control férreo de los grandes medios deja algunas
fisuras, y el poder intenta taparlas a cualquier precio. Desde promulgar leyes
anticonstitucionales para ilegalizar a un partido molesto hasta cerrar un diario
y torturar a sus directivos; desde romperles la cabeza a los manifestantes
pacíficos hasta dar el beneplácito a los asesinos de periodistas... Todo vale
con tal de acallar a los disidentes.
Y cuando a los poderes establecidos
se les mete un gol democrático con todas las de la ley, la criminalización de
los implicados es su respuesta inmediata. Aludo de nuevo a mi propio caso
porque, evidentemente, es el que mejor conozco: a raíz de las protestas
antibélicas durante la ceremonia de entrega de los premios Goya, desde las
páginas del diario La Razón (que llegó a concederme el inmerecido honor de
sacarme en portada), desde las tertulias de la COPE y de Tele 5, desde el libelo
electrónico Libertad Digital y desde otros foros frecuentados por los carroñeros
de extrema derecha al servicio del poder, he sido acusado reiteradamente de
proetarra y agitador, junto con algunos compañeros y compañeras de la Alianza de
Intelectuales Antiimperialistas cuyo único delito ha sido decir no a la
guerra.
En la mayoría de los casos, y a falta de otros argumentos, los
represores esgrimen el socorrido argumento del "terrorismo". Todos los
disidentes somos "terroristas", o los apoyamos, o no los condenamos con la
suficiente energía. Y lo más lamentable es que esta campaña de criminalización
de la disidencia orquestada desde el poder, cuenta con el apoyo incondicional de
no pocos escritores, artistas y políticos de la supuesta oposición. En este
sentido, es especialmente nefasta la labor del filósofo fascista, como lo llama
Petras, y su rebaño de donceles tontuelos, damas bobas y arpías vociferantes; me
refiero, evidentemente, a la plataforma "Basta Ya". (Tras la última intervención
pública de James Petras en Madrid, alguien comentó que llamar filósofo fascista
a Savater era insultante; y no le faltaba razón: es un insulto a la filosofía
llamar filósofo a Savater.) Huelga señalar que el argumento del "terrorismo" se
esgrime con especial prodigalidad en todo lo relativo al mal llamado "conflicto
vasco" (en realidad habría que llamarlo el conflicto español).
Los
desmanes de ETA, que la inmensa mayoría de los vascos --incluidos los
abertzales-- rechazan, sirven de pretexto para intentar justificar unas medidas
represivas que nada tienen que envidiar a las de los peores tiempos del
franquismo. La ilegalización de Batasuna, el cierre de Egunkaria, la persecución
de Udalbiltza, la anulación de las candidaturas de AuB, por no hablar de las
torturas sistemáticas y casi siempre impunes, son el consecuente complemento
interior de una política exterior de apoyo incondicional al imperialismo
genocida.
Solemos pensar en la libertad de expresión como el derecho a
decir libremente lo que se piensa; pero también es --ante todo es-- el derecho a
callar.
Una de las formas más flagrantes e intolerables en que los
poderes establecidos atentan contra la libertad de expresión, es su empeño en
hacernos "condenar" lo que ellos quieren que condenemos, cuando ellos quieren y
en los términos que ellos quieren. Y lo más lamentable es que buena parte de la
izquierda --lo que eufemísticamente podríamos llamar la izquierda timorata--
cede una y otra vez a este burdo chantaje con una mezcla de mala conciencia y
miedo a la criminalización.
Yo estoy decididamente en contra de los
atentados indiscriminados; me parecen del todo inadmisibles desde el punto de
vista ético y aberrantes desde el punto de vista político. Pero me niego a
"condenar" el "terrorismo", como he explicado en más de una ocasión, por razones
que en buena medida coinciden con las que en su día expuso nuestro admirado y
llorado Jesús Ibáñez, y que intentaré resumir a continuación:
Porque
"condenar", en su acepción primera y más fuerte, presupone un juicio y un
veredicto de culpabilidad. Que condenen los jueces (si pueden) o Dios (si existe
y, de existir, se dedica a esas cosas). Los demás sólo podemos --y debemos--
condenar, en este sentido, al único criminal indudable, que es el
tirano.
Porque "condenar" significa también tapiar una puerta o una
ventana, anular definitivamente su función conectiva y comunicante. En este
sentido, condenar es negar toda posibilidad de comunicación, de diálogo. De
forma que, según la perversa lógica del poder, quien se atreva a insinuar
siquiera que hay que intentar el diálogo con los "terroristas", los está
"descondenando", y por ende los apoya.
Porque "terrorismo" es un término
manipulado a su antojo por el poder y los medios, un comodín para criminalizar
cualquier forma de disensión o protesta y un espantajo para amedrentar a los
necios y a los pusilánimes (quemar una papelera puede ser terrorismo, pero
asesinar a un periodista o bombardear una escuela no lo es).
Porque,
puestos a condenar el terrorismo, habría que empezar por sus formas más brutales
y generalizadas: el terrorismo de Estado y el terrorismo del capital. Las demás
formas de terrorismo, por lamentables que nos parezcan, son, en comparación,
episodios aislados, meros epifenómenos del gran terrorismo
institucional.
Ésta es, en resumen, la "libertad de expresión" de la que
gozamos:
Podemos decir lo que queramos, pero los medios de comunicación
sólo están al alcance de los que dicen lo que quiere el poder.
Tenemos
derecho a manifestarnos, pero un canalla con una porra puede abrirle impunemente
la cabeza a una chica que está haciendo algo tan subversivo como hablar por
teléfono.
Cualquiera puede publicar un periódico, pero el poder se
reserva el derecho de cerrarlo cuando se le antoje y torturar impunemente a sus
responsables.
Cualquier grupo social lo suficientemente amplio puede
formar un partido político y presentarse a las elecciones, pero el poder se
reserva el derecho de ilegalizar a los partidos incómodos y anular las
candidaturas "sospechosas".
Puedes convocar una asamblea del sector del
espectáculo y proponer una protesta colectiva contra la guerra, pero las hienas
mediáticas al servicio del poder te acusarán impunemente de apoyar a ETA y a Ben
Laden.
Puedes dar información objetiva sobre la invasión de Iraq (que es
la mejor manera de evidenciar su monstruosa iniquidad), pero los invasores
pueden asesinarte con el beneplácito de tu Gobierno.
Y a pesar de todo
estamos ganando esta batalla y ganaremos la guerra global contra el terrorismo
de Estado. Nos niegan el acceso a los medios de comunicación institucionales,
pero tenemos la calle y tenemos la Red. La imprenta hizo posible la Revolución
Humanista, el telégrafo hizo posible la Revolución Rusa e Internet hace posible
la nuestra.
Las personas de buena voluntad son mayoría, aquí y en todas
partes. Los canallas que apoyan la guerra --porque se benefician de ella-- son
una exigua minoría, cada vez más notoria, cada vez más identificable. Con su
habitual sutileza, Aznar dijo hace poco que la oposición está "en
pelotas".
Pero el que está desnudo, ya se sabe, es el emperador, y hay
que ser muy estúpido para confundir la sangre que lo cubre con la púrpura
imperial.
www.nodo50.org/contraelimperio
8 de mayo del
2003